Primera infancia: una mirada desde la neurociencia

Actualizado: 10 nov



Existe hoy un acuerdo generalizado sobre la importancia del desarrollo en la primera infancia. Desde las políticas públicas y la educación, y también al interior de cada núcleo familiar, parece haber un mayor entendimiento que hace algunas décadas acerca de lo significativos que son estos primeros años de vida para el futuro de una persona en términos cognitivos, emocionales y sociales. La primera infancia es la base de todo lo que vendrá después, por esto es crucial la cantidad y calidad de estímulos e influencias que reciban los niños y niñas en esta etapa.


El cerebro en los primeros años

Para comprender a cabalidad por qué esta primera etapa en la vida de los seres humanos es tan relevante, es necesario entender cuáles son las características de este órgano en aquellos primeros años.

Gracias al desarrollo de la neurociencia, una de las disciplinas que se ha encargado de estudiar y de explicar el funcionamiento del cerebro humano, hoy conocemos más acerca de las particularidades de este órgano en el periodo que va desde el nacimiento hasta los 6 años de vida. Sabemos, por ejemplo, que el cerebro de las guaguas forma más de 1 millón de nuevas conexiones cada segundo, un ritmo que no volverá a darse posteriormente. O que más del 80% de la estructura del cerebro de una persona se forma antes de los 3 años, y que por lo mismo la capacidad que tiene nuestro cerebro de cambiar de acuerdo a las experiencias es significativamente mayor en esta etapa. Durante la infancia temprana, hay una alta plasticidad cerebral, todo lo que aprendemos y experimentamos va modificando nuestros circuitos neuronales y generando nuevas conexiones.


En esos años iniciales todo impacta el desarrollo y maduración del cerebro: la calidad del sueño, de la alimentación y, por supuesto, también el afecto que recibimos. Las carencias que puedan existir tanto en lo ambiental, lo material y lo afectivo dejarán profundas huellas en el neurodesarrollo. La arquitectura del cerebro se establece en la primera infancia, es aquí cuando se sientan las bases para todo lo que se construirá después; si esas bases no son sólidas los efectos negativos pueden llegar hasta la adultez.


La combinación de los genes y de las experiencias provenientes del entorno de cada persona dan forma al cerebro en desarrollo. Un ingrediente fundamental en este proceso es la interacción entre los padres (o primeros cuidadores) y el niño o niña.



Un órgano social

Los seres humanos nos diferenciamos de otras especies por nuestras destrezas sociales, nuestro cerebro es un órgano social que nos permite vincularnos con otros y que se va moldeando de acuerdo a esa interacción. Por ejemplo, cuando el padre o la madre responde a las sonrisas, llantos y balbuceos de su guagua, o hace contacto visual al hablarle o cantarle, estableciendo una comunicación fluida entre las partes, crea nuevas conexiones neuronales y fortalece conexiones existentes. En cambio, si esta relación no es amorosa, atenta y segura, el desarrollo del cerebro se verá afectado, lo que puede llevar a problemas de aprendizaje, de comportamiento y de sociabilidad. Como afirma el doctor en medicina y neurociencia, Francisco Mora: “Los padres, con su lenguaje, su conducta y, con ella, el respeto a ciertos valores y normas, moldean, cambian la estructura física y química del cerebro del niño de una forma casi definitiva y, por tanto, su futura conducta”.


El carácter social de nuestro cerebro se debe en gran parte a la existencia de la corteza prefrontal, donde se encuentra alojada la función ejecutiva, aquella que nos permite controlar los impulsos, mantenernos enfocados y hacer planes. No nacemos con esta función, sino con el potencial de desarrollarla a medida que vamos creciendo, con el apoyo de adultos significativos. Esta se puede entrenar: mientras más se practique, más fuerte se hará. Sin embargo, si no la adquirimos a temprana edad, nuestras relaciones con otros, nuestra vida académica y laboral y, en general, nuestra vida en sociedad puede hacerse muy difícil.


Según la doctora Deborah A. Phillips del Centro para el Niño en Desarrollo de la Universidad de Harvard, se puede pensar en las funciones ejecutivas como en una torre de control de un aeropuerto. Tal como estas torres tienen que manejar el tráfico y la actividad de decenas de aviones con un timing perfecto, la función ejecutiva ayuda al niño o niña a manejar distinta información al mismo tiempo, tomar decisiones y planear los siguientes pasos que dará, adaptándose a posibles cambios o imprevistos, para lograr los objetivos que se le presentan. Para esto es crucial el desarrollo de la memoria operativa, la flexibilidad cognitiva y la inhibición o autocontrol.


Fomentar la adquisición de estas habilidades durante la primera infancia es una de las tareas más importantes de los padres y educadores, pues sobre estos bloques se sienta el desarrollo del resto de la infancia y adolescencia. Para comunicarse, aprender a leer y a escribir, resolver un problema, tomar turnos, jugar con otros niños y trabajar en equipo, es necesario un buen desarrollo de la función ejecutiva y esto solo lo lograremos en interacción con otros.


Entender cómo funciona nuestro cerebro durante los primeros años, cómo aprendemos y cómo respondemos a los estímulos positivos y negativos que nos rodean, es fundamental para la promoción del cuidado de la primera infancia. Si no comprendemos todo lo que está en juego en esta primera etapa de la vida, difícilmente le daremos la atención y prioridad que requiere.




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